En la calle del Inca, apenas se dejaba ver la cordillera. La tarde fría y nublada nos obligó a buscar más de un suéter. Una señora con mirada de extranjera salía del edificio frente al parque, sin bolso ni reloj. Su abrigo aterciopelado y las botas de hule me llamaron poderosamente la atención. Me acerqué un poco a ella y pude escuchar que hablaba con don Paco, un viejo muy culto que vendía lotería y revistas de interés. Entonces, súbitamente, don Paco cerró el quiosco y la señora, agarrándose la cabeza salió corriendo entre las calles oscuras, y la perdí de vista. Al amanecer, mientras me preparaba una taza de café, los volví a encontrar frente a mi casa. «¡Qué coincidencia más extraña!», pensé. De nuevo me acerqué para poder entender cuál era la historia de aquella desconocida, y fue entonces cuando don Paco le entregó algo. Ella con una expresión de alivio, se sentó en la banca de mi porche, se cambió de zapatos y sonrió mientras abría el paquete...